Las piedras se te clavan en las rodillas y tus ojos se han ido hace un rato entre sus cavidades, que cada día tienen un poco más de ti. La luna no ha querido asistir porque es demasiado tarde para estar de luto de nuevo, en su lugar, una multitud de nubes me ofrecen generosas la espalda por no saciar su apetito consumista.
La sangre, caprichosa, se encamina hacia índice y pulgar derecho, friccionando los tendones para que las dos yemas crean tener aceite entre ellas... saboreando el negativo de la vida que acabas de ver pasar por delante, te vas acordando de respirar de nuevo y tus oídos comienzan, al menos, a hacerse eco de tu respiración. En alguna parte de tu columna vertebral un exoesquelético animal imposible te pinza desde fuera de la ropa.
Te quedas quieto un rato más esperando a que tu alma termine de volver a asentarse en el conglomerado de hueso y músculo que habita debajo de las ideas. Recoges un poco de todo del suelo y por primera vez desde que viste la primera luz cierras los ojos. En ese momento un escalofrío que termina por ser cálido se acuesta sobre tus hombros y sale por los muslos rumbo a calentarse de nuevo en alguna topera.
El primer intento de mover el cuello es respondido por tres cartílagos crujiendo en sintonía, en espera de que cualquier afamado doctorado les imponga el nombre de sus tres hijas. Vas devolviendo las emociones al redil de suelo pajizo, una a una tras la estampida de palomas mensajeras de lluvia y la saliva comienza de nuevo a descender por tu garganta.
Aunque no te das cuenta llevas media hora de bruces con los zapatos sobre las hojas de una enredadera y la mano izquierda sobre sus espinas. La sangre ya ha concluido su trabajo de avisarte y rodea la palma de tu mano, seca. Unos metros allá está cualquier prenda de vestir que reconoces como tuya, también enredada entre el marrón verdoso de las hojas silvestres.
La recoges casi sin saber qué está haciendo ahí, das media vuelta y te encaminas a casa, que como siempre no está muy lejos; quizás alguien se haya preocupado de que tardes tan poco en tu ausencia. Mañana volverás a recorrer el mismo camino tan pedregoso como inclinado, ese que sustenta los raíles del destino.
Quién sabe, quizás el aliento de la próxima locomotora tenga más gravedad que el de hoy.